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I concurso de microrrelatos DDOOSS


del 350 al 399

 

350
José Ignacio López López.

SALTO A LA FAMA.
El momento, por fin, ha llegado. Estoy ante las cámaras y ante el público, rodeado de los míos, de mi familia y amigos, como un patriarca ante las grandes ocasiones. Esta es mi última representación y a fe mía que ha de ser la más grande de mi carrera. Yo ya estaba jubilado y mi salud, cada vez peor, parecía hacer imposible mi retorno a los escenarios. Por eso, cuando el director me lo propuso, me sorprendí. Luego, comencé a sentir enfado. Él lo notó y puso todo su
esfuerzo en mostrarse persuasivo. Entonces, pensándolo despacio, entendí por qué era, en el fondo, algo perfectamente aceptable.
Qué carajo. Toda la vida cultivando con auténtica pasión un arte digno de dioses, trabajando en papeles de poco lucimiento, siempre a la sombra de otros actores que eran, casi todos, mucho peores que yo... ¿por qué habría de renunciar a lo que merecía, por qué no ser protagonista en vez de actor secundario, por una vez en toda mi carrera? Lo de menos sería el tema de que se tratase. Uno es un profesional, capaz de hacer cualquier personaje para cualquier papel.
Aquello era la televisión, en vivo y en directo. ¿Un reality show? ¿Y qué? Esos programas van a seguir existiendo igual. Mejor que lo protagonice un actor bregado en mil teatros que cualquier adolescente estulto / insulso cuyo único mérito es magrear a su pareja ante las cámaras.
Finalmente, aquí estoy. La espera de mis útimas horas ha mantenido de guardia permanente a médicos y periodistas de televisión. Por primera vez y en directo, ante las cámaras y ante el público que abarrota el estudio, la retransmisión en directo de la muerte real de un viejo actor, que ve por fin sus méritos reconocidos. Mi hija está afectada. Ella insistía en que me negara y no acepta que yo decida, por mí, sobre mi propia agonía. A mi mujer tampoco le gusta, pero lo acepta resignada. Mi hijo asiste abrumado a todo este circo. Y mi nuera, ¡ah mi nuera, cetácea y batracia!. Ella sí que ha estado a la altura de las circunstancias. Cree que no lo sé, pero me enterado: ella ha vendido a otra cadena la retransmisión de mi autopsia. Así que a ella tengo que agradecerle ese último empujón que me llevará a la fama.

351
José Ignacio López López.

CENA FUNERARIA.
Desde el principio, ellos decidieron que yo era una amenaza.
Demasiado competente, pensaron, puede peligrar nuestro ascenso, aunque sea mujer. Entonces comenzó el acoso, el aprovecharse de mi trabajo, y hasta los intentos de abuso sexual. Me defendí, claro, pero la cosa se puso mal cuando vino el nuevo, un jovencito que, ese sí, era el único que podía hacerme sombra. Y con él vinieron los rumores de crisis y la amenaza de despido. Iban a ir a por mí, así que tuve que defenderme y me las arreglé para que el nuevo apareciera como culpable de espiar para la competencia.
Parecía que había logrado un respiro, pero fue entonces cuando los médicos me diagnosticaron cáncer: un tumor en el cerebro. Era intratable, y me aseguraron que me quedaba muy poco tiempo de vida.
Hace sólo un momento que ha terminado la cena que he preparado yo misma. Les he invitado a todos. No ha faltado ninguno. Venían perplejos, empujados por la curiosidad. A los postres, les he dicho que se trataba de mi cena de despedida, una cena funeraria en realidad, y les contado por qué. No me han hecho la pregunta clave: ¿por qué nos invitas, si nos detestas?. No se han atrevido.
Hace tres días, cuando paseaba por el bosque intentando digerir las malas noticias sobre mi salud, las encontré. Unas bonitas setas, unos hermosos ejemplares de cortinario de la montaña, seta mortalmente venenosa. Yo sabía que quien las tomara estaría libre de síntomas de entre tres y catorce días, y que luego moriría. Entonces fue cuando concebí de qué manera podría lograr algo parecido a la justicia para mi caso, porque no podía sufrir el hecho de todos esos incompetentes siguieran vivos y acabaran por salirse con la suya después de que yo casi había logrado frustrar sus planes y superar sus zancadillas.
Por eso, en la cena, no ha habido plato sin sus correspondiente setas camufladas. Como dicen en las películas americanas, el mundo será mucho mejor sin ellos. Y para compensar la injusticia que cometí contra mi joven compañero, le enviaré documentación confidencial de nuestra empresa: le será muy útil en su carrera. Mi empresa se arruinará pero, ¿a quién le importa?. No merece otra cosa.

352
Rosa Yáñez Gómez

LO ÚLTIMO QUE SE PIERDE
Cuando le entregaron sus manos ya era incapaz de sentir la ilusión de recuperarlas. Para aquel momento no significaba nada ya tocar las palmas. Ahora eran sus ojos el todo.
Recordó que hubo un tiempo en que soñaba con el momento en que enroscara de nuevo sus delicadas manos en sus muñones ahora secos. Una vez hubo en que deseaba ardientemente poder teclear de nuevo su nombre en la máquina. Pero ya solo quería mirar, ya no había lugar para el tacto.
Se le cuarteó la piel sobre el regazo, inactiva y las arañas tejieron una fina de red de mentiras sobre ella. Hasta que el moho se abrió paso aún habría habido oportunidad de rectificar.
Cuando ya era tarde, una gruesa lágrima rodó desde su todo para ir a resbalar entre los huesos descarnados de las falanges.

353
Pablo Matilla Gutiérrez.

AUN A SABIENDAS
Un día, Javián encontró la respuesta a todas las preguntas. Como lo sabía todo, también tuvo conocimiento de que había alguien más en la tierra que lo sabía todo. No lo pudo soportar, así que se puso en marcha hacia donde el otro estaba (porque, evidentemente, lo sabía) para matarlo.
Por su parte Jamín también lo sabía todo, y como es natural, conocía las intenciones de Javián. Sabía que si se enfrentaba a él resultaría muerto, así que decidió escapar. Aunque de poco le sirvió, porque Javián se había adelantado a eso, y le estaba cortando la salida a Jamín.
Todos sabemos que ambos lo sabían todo, por lo que conocían el final de esta historia (al fin y al cabo, lo hacían todo para divertirse). Como Javián era consciente de ello, desistió de su intento de matar al otro, lo que no pudo engañar de ninguna manera a Jamín, porque él sabía de buena tinta que aquello no era más que una burda treta.
Al final, ambos sabían que lo sabían todo, pero que la hilera de cosas sabidas llegaba tan lejos que sus cuellos no podían estirarse tanto como para verlas, de modo que, aun a sabiendas, reconocieron que no había manera humana (o divina) de saber cómo matar al otro.

354
Pablo Matilla Gutiérrez.

PLEASED TO MEET YOU
"Pleased to meet you", dice Jagger. Y yo empiezo a bailar por el despacho. Es inevitable. Cojo unos folios y los lanzo al aire al ritmo de la música. Canto: "¡Uh, uh! ¡Uh, uh!". Cualquiera que me vea por la ranura de la puerta pensará que estoy loco, o que soy feliz. Lo que no ve, ni oye, es mi llanto. Continúo bailando, me relaja.
Me gustaría verme desde arriba, como si fuera un dios, ver mi ridículo baile, verme mover el culo, mi horrible redondez. Uh, uh. Subo el volumen, estoy seguro de que fuera no hay nadie. ¿Por qué lloro? Creo que no es por el sufrimiento del mundo. No, es algo más egoísta. No es nada particular: es ese típico sentimiento de vacío que ya ni siquiera llenan los Rolling. Los diecinueve quedan lejos y una extraña presión se acumula en torno a las costillas. Si no sigo bailando, reventaré. ¿Reventar? Hum.
¿No es patético? He perdido hasta el orgullo. Abro la ventana y respiro el aire frío. Miro abajo y veo cochecitos de juguete. Esbozo una sonrisa, yo diría que infantil. "Oh yeah", se acaba la música. Camino hasta la mesa, recojo un folio del suelo y escribo cuatro palabras para mi madre y mi mujer. Luego escribo estas líneas (¿por qué en presente?), arrugo el folio y me vuelvo a la ventana con la intención de convertirme en un hombre de juguete, como los coches.

355
Paula Salmoiraghi

FIDELIDAD
Levantó a su hijo, calentó el guiso, escurrió la rejilla en la pileta.
Sobre el escritorio la estaba esperando Ella.
-Es inútil que te quedes ahí- le dijo. Y con el plumero la desparramó por toda la casa.

356
Paula Salmoiraghi

TRAICIÓN
Había nacido sirena. Amaba el poder de su canto y el placer de los naufragios. Sonreía a los moribundos y les daba felicidad en su último minuto.
Alguien le dijo que era mala y otra como ella, pero vieja y amargada, le enseñó a reparar mástiles, a remendar velas y a desinfectar heridas de marineros.

357
Mario Said Silvera
Argentina

CONJURA VANA
El hombrecillo esperó, para abandonar su trabajo, a que llegara la hora catorce. Al salir,avistó una escalera, y la rodeó parsimoniosamente para no pasar debajo de ella. Se apuró a cruzar ante una casa,y asi evitó que el gato negro que estaba en el umbrál, se atravezara en su cano. Todo esto hizo, y mucho mas. Pero fué inutil. Su suegra ya lo estaba esperando en la puerta.

358
Mario Said Silvera
Argentina

EL TROFEO
Se presentó a un concurso de belleza, pensando que ganaría por ser la mas linda. La sonrisa lasciva de uno de los jurados, no tardó en convencerla, de que finalmente lo haría por ser la mas lista.

359
Teodoro Vallinoto Pizarro
Valladolid

EL TORERO
El torero miró al público y dijo susurrando: ¡Allá voy...!, como preludio de su faena. Y fue premonitorio. El toro, en la primera verónica junto a las tablas, lo enganchó por la taleguilla y lo lanzó al tendido.

360
Teodoro Vallinoto Pizarro
Valladolid

EL PERRO
Cuando el perro le dio una furiosa dentellada a su pierna izquierda, le crujieron los colmillos, saltando de su boca hechos pedazos. El perro no sabía que esa pierna era ortopédica, de hierro.

361
Andrea Ramos Primo

CARAMELOS INICIÁTICOS
Soledad se percibía en cada rincón de su casa baja desde el mismo otoño en que enviudara.
Iba al parque y ofrecía caramelos a los niños que allí jugaban.
Les llevaba a casa para que ellos mismos los eligieran.
Allí, a solas, los desvirgaba con la mirada.
Muy a su pesar, algunos repetían.

362
Andrea Ramos Primo

EL VELATORIO INTERRUMPIDO
Apreciaron aquel instante sin gritos como el amargo prólogo de la locura desatada.
El desgarro dio paso al desequilibrio y este al abismo.
Él intenta introducir su cabeza en el mismo agujero de quien le dio la vida y volver al único sitio posible.

363
Teresa Ko

PORTÁTIL
Dolor punzante en la sien derecha. Veinte minutos más tarde se traslada a la izquierda. Enseguida es un dolor en stereo. Miro el sol, un error grave, ya que como un ninja experto me escupe sobre la cara y sobre la cabeza miles de agujas que me torturan. Sigo caminando entre los pedos de los autobuses y el d/olor permanente de la ciudad. Mi solución es despegarme la cabeza. Me la corto. El hacha portátil de mi Swiss Army Knife sirvió de algo. Agarro mi cabeza de los pelos y camino degollado pero aliviado. Aun con mi propia cabeza sangrienta en las manos, soy un mero 9 a 5, volviendo a casa tan aburrido y tan pobre como al principio del día, en mis manos, el portafolios vacío colgando por los pelos.

364
Alejandro Veyssiere

MÚSICA PARA UN GATO PERSA
El violín dio un grave la menor y el gato persa blanco que dormía en el sofá abrió los ojos. Claudia siguió con unas corcheas y alguna que otra negra. Improvisaba. Fermín, el felino, acariciaba con su vista la paz que latía en el violín. La penumbra y la lumbre de la vela daban espacio a las sombras. Por la ventana, se veía el cielo rojo del crepúsculo, partido por las nubes. Fermín lo vio. Disfrutaba. Claudia volvió a dar un la menor y el gato repitió su curiosa mirada. Un lamento cruzó la melodía y Fermín maulló. Claudia sonrió y su música también. Fermín se estiró y bajó del sofá. Despacio, casi levitando, para no distraer a su ama, se acercó a ella y se restregó con sus piernas al ritmo de la música. Claudia se contoneaba con el ímpetu de su melodía y Fermín la seguía. Otro la menor y otro maullido. Por supuesto, otra sonrisa y un fogonazo de sensibilidad sonaron en las cuerdas. Precioso, improvisaban.

365
(fuera de concurso, no se ajusta a las bases)
Alejandro Veyssiere

BARROTES DE AGUA
Apoyó una rodilla sobre el suelo y luego la otra. Del charco brotaron gotas vivaces hacia los lados. La cabeza gacha, el sombrero empapado y arrugado no dejaban ver su gesto de tristeza, de resignación y desesperanza. Las columnas de lluvia lo separaban de ella, fabricaban una celda imaginaria, donde los barrotes eran suficientemente evanescentes como para tentarlo con el exterior de su cárcel, ese cuerpo ya ajeno, un castigo que él no hubiese elegido, porque prefería no saber de lo que no está a su alcance. Quiso morir, pero el desgraciado no tuvo elección: no era tan valiente como para suicidarse. Ella lo sabía, y por eso no dudó en dejarlo.
Con la mirada firme sobre él, lo miró derrumbarse en las aguas de la pena, del desamor, de la humillación, del abandono, de la soledad. Su vestido ya se transparentaba de lo mojado que estaba. Los rizos se alisaron con rapidez, las lágrimas se disimulaban entre los chaparrones, aunque él sabía de ellas -aún sin animarse a mirarla.
Olía a tormenta desde hacía varias horas. Con una nube en la cabeza y un luto anticipado, Lucrecia salió del trabajo. Martín la esperaba en la estación de Lomas de Zamora, como siempre, para volver a casa juntos. Ahí, tenía media hora de espera hasta que los pies pequeños de ella se frenaban frente a él, y así sabía que era la hora de dejar de leer, cerrar el libro, mirarla de arriba a abajo y otra vez hacia arriba, cerrar los ojos y olerla, disfrutar de su sonrisa, su mirada tímida y la suavidad de sus manos en la mejilla derecha, durante la caricia de costumbre. Ella solía pestañear lento y largo, y él adoraba ese gesto natural.
Esta vez fue distinto. Un trueno desconcentró a Martín de su lectura. Miró la hora y se preocupó porque Lucrecia estaba retrasada. En seguida la vio a lo lejos, acercándose lentamente. Desde ese instante supo que algo estaba mal. Sus piesecitos daban otra señal, se veían pesados. Ella caminaba tensa, con los hombros encogidos, una mueca informe en la cara. Las manos súper inquietas y una descoordinación general inhabitual. Martín se paró y le ahorró esfuerzos: llegó hasta ella, con incertidumbre. El libro ya había muerto en el suelo, mojándose palabra a palabra. Con los rostros casi pegados y las manos de Martín envolviendo los rasgos de Lucrecia, él no pudo preguntar qué pasaba, porque lo supo. Ella, no aguanto mirarlo a los ojos, bajó la vista y sollozó. La voz se le cortaba, pero fue locuazmente clara: "Me voy". Y siguió lloviendo.

366
Emanuel Franco Daniel Quiñónez
Argentina

LOCO
Y gira el tiempo, y el espacio turba mi mente; me espanta las sombras en las esquinas, y me aterra el brillar de la luz en lo alto. Mi vista busca inquieta algún filo sobre los dedos de mis pies y el cuerpo todo apesadumbrado se deja caer, para observar el suelo; allí , una pequeña mosca se posa, en lo blanco y blando del piso; no logro contener una carcajada, y de esa manera la criatura volante y peluda con su trompa enroscada y sus ojos rojos de miles de pequeños cristales se eleva hasta una pared lindante. Un sonido de alegría salpica mis labios; la maravilla de ver el aire cortarse para que ella se pose en la pared con sus pequeños ganchos, y luego gira, se confunde en círculos de luz y oscuridad, y luego se pierde ante el viento penetrante de una puerta recién abierta, y me asusto, y me alejo de las ventanas color marrones claros transparentes para esconderme en la oscuridad de esa habitación repleta de recuerdos.

367
Ernesto Alonso Ortiz Arbulú

LA HOJA
¡Y cómo baila la hoja que canta y que calla! Que grita y que raja, que ríe y que habla. Que de muchos tragos se encuentra mareada y que no puede parar de sacudir esa falda.
La niña que salta, que rosa la hoja contra las casas, y éstas, contagiadas, cantan canciones que nunca se acaban.

368
Ernesto Alonso Ortiz Arbulú

EL SECRETO
Observaba boca abierta cómo el secreto volaba y volaba por los aires mostrándose desnudo frente a todos. Se reían, se burlaban y yo lloraba. Ella también lagrimeaba. Claro, de risa. Segundos antes su rostro se había vuelto tan rojo como el mío, pero luego, en un abrir y cerrar de ojos, se había creado en ella una diminuta sonrisa para luego convertirse en un incontrolable ataque de risa.
Todos miraban, todos reían, yo lloraba.

369
Ángel González Romera

ZANJAS
Llevaba toda la vida dedicado a cavar zanjas. Era su trabajo, lo hacía bien. Sencillo, sin preocupaciones, sin agobios. Y de pronto, una mañana, se volvió aburrido. Un día, dos, tres días más cavando zanjas y sería insoportable. Y, ¿qué solución había?. "Lo único que sé hacer es cavar...". Dicho y hecho. Decidió huir hacia delante. Cavó, y cavó, y escapó tierra adentro.

370
Emiliano Molina Castellano

ALLÁ LEJOS
Las personas, allá lejos, se movían a una velocidad inversamente proporcional a la de su pensamiento, que se arrastraba fachada abajo lamentando lo que acababa de hacer.

371
Emiliano Molina Castellano

CREACIÓN
Su madre le puso una delicada mano en el hombro y le empujó con suavidad hacia delante, como un demiurgo que insufla vida a su creación y le otorga el movimiento. Dio un paso, luego dos, tres, los necesarios hasta acercarse lo suficiente. Qué elegante estaba con aquella corbata, nunca se había puesto una, y lo cierto es que le sentaba muy bien, le engalanaba el rostro, le hacía más apuesto, más viril. Su cutis afeitado despedía unos brillos encantadores, como si todo él resplandeciese con inusitada vitalidad. Tenía una majestad que nunca había visto antes. Su madre le dijo que le besase, y él obedeció: se inclinó sobre el borde de madera, le posó los labios sobre la frente, muy tenues, y reculó hasta topar con las piernas de su madre, que se secaba las lágrimas con un pañuelo del color de los ojos de su padre.

372
Jorge Jiménez Ríos
Madrid.

LLUEVE A GUSTO DE TODOS
Tic-tac decían las horas, y cada una de ellas vagaba más lenta. Tras noventa años el tiempo muere muy despacio; por eso no había ni un día en que no posase su oreja en la ventana para oír la lluvia agitarse en el cristal. Sólo en ese momento la calma se deslizaba en su oído y fluía dentro de ella. Había enterrado a un marido y a un hijo y su asistente no le caía muy bien. Su único placer era la lluvia que misteriosamente aparecía cada tarde, a la misma hora desde hacía casi cinco años. Fallaba, tan sólo, durante quince días en Agosto, ella suponía que por el calor. De modo que su última rutina reconocida se convirtió en sonreírle al agua y empaparse con su tregua, ya que para ella cada día se convertía en una lucha. Había mañanas hartas de ganas de perder y otras con absoluta sed de triunfo, pero fuere como fuere nunca descansaba, excepto esos cinco minutos en los que el cuco volaba más rápido. Si sus difuntos lloraban de alegría con la esperanza de verla o si Dios se meaba en su ventana, le tenía sin cuidado; las gotas estallaban para ella y a esas alturas que importan ya los motivos.
Una tarde de cualquiera de todas las tardes iguales que vivía, acercó su silla al ventanal de la terraza. Palpó con las manos y lo cerró. Si pudiera ver, aquello no sería tan bello. Deshizo su moño, apoyó la cabeza contra el recuadro de madera y esperó. Parece que hoy llegaba pronto.
Un piso más arriba, un hombre corriente entraba en su terraza. Miraba sus ahogados geranios y levantaba su regadera. El agua retozaba en la arena y se drenaba hacia el cemento acanalado, luego corría hasta los extremos y se dejaba caer a la ventana de abajo, gota a gota se rompían sobre el cristal con una armonía propia del cielo. Al terminar dejaba la regadera en su estantería y tomaba asiento frente al televisor, donde su mujer le cogía la mano:
- Hoy te has retrasado, la pobre se habrá preocupado.

373
Yady Sorleth Campo Ramírez.
Venezuela

AVENTUREROS
- Vieja llegué-. Digo con cuidado para no asustarla. Sé que se despertará pero no quiero que lo haga de sobresalto.
- Mijo ¿Se le pasó el malestar con la caminata?-. Murmura mi mujer entre sueños.
- Sí que se me pasó. Dígame que me encontré a unos aventureros, ya sabe de esos que siempre suben a estos páramos a dárselas de valientes. Venían con unos morrales más grandes que ellos mismos y un cansancio que solo puede llegar a sentirse después de largas horas de camino en estas heladas y ventiscosas montañas. Con mi lamparita de kerosén, inútil ante la claridad de la luna, los divisé a unos doscientos metros de distancia. El primero que me vio detuvo a los otros y de inmediato se persignaron…
- Ya se, no me diga más, salieron corriendo...-.
- Si mija, como alma que lleva el diablo...-.
- Seguro pensaron que era un espanto.-.
- Como siempre mija…como siempre.

374
Beatriz Hildebrandt.

LA INSTRUCCIÓN
La Sta. Beth heredó una granja en Africa. En un claro de la selva montó una escuelita donde impartía enseñanzas sobre los rudimentos de la civilización puritana. Por mas que lo intentó sus alumnos jamás aprendieron a tomar el té. Es mas, profundamente aburridos primero y tremendamente irritados después, los gorilas la secuestraron y la tienen viviendo por las ramas, donde la Sta. Beth, en cambio, sí ha aprendido a viajar de liana en liana.

375
Beatriz Hildebrandt.

MASCARÓN
El Capitán O Hara fondeó la Liberty en Marigot Bay, al abrigo de corsarios y huracanes. Los caribeños nos proveían de agua y plátanos mientras reparábamos y calafateábamos la goleta. Como soy pequeño y ágil, el Capitán me eligió para limpiar y retocar la pintura de nuestro mascarón de proa. Cuando me descolgaban con un cabo desde el beauprés, me gritaba: ¡Con cuidado, muchacho, mímala que nos trae suerte! Y todos a bordo sabíamos que la preciosa sirena de rizos de oro se parecía muchísimo a su prometida, Miss Williams.
La última noche, los nativos agradecidos por las baratijas que les obsequiamos trajeron un regalo para el Capitán: una esbelta muchacha de piel café, falda de palma y ojos verdes inquietantes. Al día siguiente, antes de zarpar, el Capitán mandó azotar al los marineros de guardia. El mascarón tenía un terrible golpe de machete en un seno. La madera astillada sangraba esquirlas y pintura desconchada.
Cuando atracamos en los muelles de Londres, de vuelta en casa varios meses después, supimos que los Williams, aún lloraban la pérdida de su preciosa hija por un tumor en un pecho.

376
Pseudónimo: Probabilista
México

VIAJE
Salgo de casa. He discutido con mi esposa y llevo en el corazón un gran dolor por lo que le dije; mi alma carga la repugnante sensación hacia mi conciencia por no haber reconocido los errores cometidos, aplastando fulminantemente con groserías y actos el ánimo de ese ser con quien comparto mi proyecto de vida.
Me dirijo a la estación del metro. En el tramo que pasa cerca de casa las vías están sobre la calle, así que antes de subir a la estación es posible ver su pronto arribo.
El acceso es mediante una ancha escalera en forma de caracol de resistente cemento.
Veo que el metro está en la estación anterior y me apresuro a subir. Sé que si corro lo alcanzaré. Encuentro a un limosnero en el primer descanso y le doy todo lo que llevo en los bolsillos. Sigo subiendo las escaleras a gran velocidad. Al inicio del pasillo que continúa, oigo que alguien me grita desde abajo, volteo pero no veo a conocido alguno, todos siguen su camino y desarrollan sus actividades, sigo corriendo y de nuevo aquella voz que me recuerda a la de mi madre cuando algunas ocasiones corría a alcanzarme cuando olvidaba yo algo en casa. Volteo nuevamente y sigo sin percatarme del origen de aquel grito. Giro y corro más veloz. Antes de llegar a la estación el metro hace un cambio de vía y veo que entra por el carril contrario. Llego al torniquete, introduzco el boleto y bajo los escalones que me llevan al anden ¡Justo a tiempo! Se abren las puertas y sólo un chico sale del vagón. Entro, pocas personas viajan. Se escucha el timbre, cierran las puertas y el convoy comienza su viaje. Aquí estoy.
Bajaré en la siguiente parada. Reflexionaré sobre el desperdicio que hice de mi vida y de esa última mortal decisión tomada y que afecta a todos mis seres queridos en este instante. Ignoro lo que seguirá después.

377
Pseudónimo: Probabilista
México

CAOS
El dinero dejó de tener valor en unas cuantas horas. El sistema económico mundial colapsó; las empresas cerraron. Alrededor del planeta sólo la confusión reinaba.
Los dueños de tiendas de alimentos escondían sus mercancías a toda costa sabiendo que serían necesarias para su sobrevivencia y que pronto comenzarían los conflictos, el robo y el pillaje ¿Qué había sucedido? Sólo muy pocos lo sabían.
A las pocas horas de ese fatídico día los servicios se dejaron de brindar. La electricidad ya no llegó y todo tipo de combustible fue escondido. La gente deambulaba por la calle en medio de las cortinas bajadas de los comercios. La tensión gobernaba cada rincón esperando que alguien tomara la iniciativa y se lanzara sobre los demás para quitarles lo poco que llevaban.
En la plaza de una ciudad un niño comienza a llorar; talvez fue el receptor de toda esa angustia respirada, quizás sólo tenia hambre. Una señora se acerca a él e inusualmente en esa situación saca de su bolso un pedazo de pan y se lo da al infante quien agradece con una sonrisa.
Las personas que caminaban por ahí se dieron cuenta de lo anterior y reaccionaron. No fue un acto de vandalismo lo que las despertó de su letargo, fue un acto humano, caritativo.
Se hizo un pacto secreto entre los presentes que fue extendiéndose a todos los habitantes de la ciudad. No se dañarían entre sí. Trabajarían juntos para salir adelante. Compartirían lo que tenían, sembrarían y cosecharían. Las fábricas seguirían produciendo. Sería el inicio de una nueva etapa. Cuidarían en adelante que nada perturbara ese modo de vivir.

378
Pío Moratinos Bragado
Valladolid

LAS LÁGRIMAS DE MARTA.
¡¡Es inconcebible!!.¡¡Inaudito!!.Dijo Serapio a su esposa Cristina, poniendo cara de indignación, con la prensa en las manos.
¿ Qué sucede ahora, Serapio? Preguntó Cristina.
¡ Increible!¡Desastroso! Exclamó de nuevo Serapio.
¿Pero quieres contarme que pasa?. Preguntó la esposa, dejando sobre la mesita el libro que leía y que no le hacía ninguna gracia interrumpir, máxime cuando se trataba de una de sus novelas preferidas.
¿Crees que alguien encuentra explicación a esta noticia? Siguió Serapio.
¿Pero explicación de qué? Le reprochó la esposa.
Aquí pone: Se inaugurarán 637 campos de golf que darán vida a otras tantas localidades, según los expertos.
Bueno y eso qué. Contestó la mujer.
Pues que los pantanos a cero, los ríos secos, las fuentes sin agua y el gasto de agua se multiplica, se dispara, y ¿Por qué?.¿Sabes tú por qué?.Entre jardines sin programación de riego, fuentes mal conservadas, el gasto inútil de las casas....y el riego de tantos campos de golf...el trigo se seca, las cebollas no crecen, las patatas no nacen y se agostan las lechugas....
Papá, mamá, preguntó la pequeña de la casa que jugaba con una muñeca de trapo.¿Creéis que nos quedaremos sin agua?.
Pues de seguir así, sí, respondió el padre.
Un llanto silencioso y entrecortado se escuchó en la estancia.
¿Por qué lloras?.¿Dinos por qué lloras, Marta?.
Papá, mamá; Sí el agua se gasta en jardines mal cuidados, se desperdicia en las casas y se gasta regando campos de golf, lloro por eso, para que con mis lágrimas se puedan regar los trigos, las cebollas, las patatas y las lechugas.....¡Bendita inocencia!

379
Harol Gastelú Palomino

GUILLERMO TELL
-Vamos a ver quién gana -dijo el diablo, acariciado la filuda y brillante punta de su flecha.
-Que gane el mejor.
Nos separamos unos cien metros. Puse la flecha en el arco, tensé la cuerda, apunté y disparé. La flecha surcó los aires, el diablo dio un saltito hacia su izquierda y la flecha se clavó en el suelo a un par de centímetros de sus pezuñas. En su rostro se dibujó la alegría.
Ahora era su turno. Apuntó y disparó. Observé la trayectoria de la flecha, di un paso al costado y la flecha se clavó en el suelo a escasos centímetros de mis pies. El diablo torció la boca en un feo gesto de disgusto.
Ahora me tocaba a mí. Apunté cuidadosamente, disparé, la flecha cruzó los aires, el diablo quiso dar un paso al costado, sus patas se enredaron y tropezó. La flecha se clavó en una de sus pezuñas. Aguantó el dolor.
Lo ayudé a sacarse la flecha.
-Te felicito, ganaste -dijo, tendiéndome la mano. Se la estreché-. Déjame esta flecha de recuerdo.
Nos despedimos. Le di la espalda y eché a nadar. Oí un zumbido como de una abeja gigante. Antes de volver el rostro vi la punta de mi flecha asomándose por el centro de mi corazón.

380
Harol Gastelú Palomino

LA LECTURA
-Yo lo leo -dijo Mily.
La Teresa le alcanzó el libro y Mily empezó a leer con su voz clara, nítida, llena de matices como el canto de diversos pájaros. Todos escuchábamos en silencio, embrujados, hipnotizados. ¿Todos? No todos: Ingaruca se moría de aburrimiento, Pilar estaba en la luna de Paita, Silvia cabeceaba de sueño. "Todavía se hace caca en la bombacha", leyó Mily. July, sentada al lado de Contreras, hizo una mueca de asco como si ella no cagara. ¿Quién escribió "imagínatela cagando"? ¿Quién? Mily seguía leyendo, pronunciando correctamente los nombres en francés. Miguelito bostezaba, Ingaruca estaba a punto de volverse loco, Contreras escuchaba con atención, Palomo devoraba con los ojos a Mily -vestido negro súper escotado-, Monchy y la gorda Paola cuchicheaban, Pedro estaba en una pose a lo Vallejo, la Teresa nos escudriñaba desde su escritorio, y Mily seguía allí, en el ruedo, con los ojos clavados en el papel, devorando las oscuras líneas como un auto los kilómetros de la Fórmula Uno, ajena a nuestros ojos, a nuestros bostezos, a nuestras miradas a su generoso escote, a nuestras miradas al reloj esperando que acabe la clase para irnos a casa. Terminó de leer, le devolvió el libro a la Teresa y tomó asiento.

381
Seudónimo: Maleza.
Santiago. CHILE.

MI TÍO PEDRO
Saben, incluso antes de conocerlo ya lo conocía, pues sabía que estaba creando el árbol genealógico de los Baraona. Siempre pensé que era especial, un buen padre y esposo, y por esas cosas de la vida algo nos unía más allá de la sangre : Una Señora que se acuesta en la mente, batallas contra ella, a veces te gana, a veces no, pero lo peor es que nadie comprende que es una enfermedad.
Recuerdo como hoy sus almuerzos ultra organizados, con aperitivo delicioso y un exquisito plato . Todo entre elegante y sencillo, porque él era así, una mezcla de vida con resueños de tristeza.
Hace pocos minutos avisaron que se fue, se fue y me pregunto ¿ Quién terminará el anecdotario Baraonístico? , ¿ Quién incluirá a Fabián en dicha historia familiar?, ¿Quién traerá una caja para Navidad?.
Saben, nunca le dije gracias.

382
Javier Cote Parra.
Pamplona, Colombia.

EL SEÑOR KEL
El hombre empezó a sentir un hilo de sudor frío corriendo a partir de sus sienes hasta el cuello. Era claro: su sombra se estaba desvaneciendo poco a poco y en este momento era una tenue mancha desdibujándose en el piso. No conocía un caso parecido. Desde pequeño tenía en claro que todo cuerpo sólido proyectaba una sombra, como una forma de constatación de su existencia y él, por lo menos eso creía, poseía las características de ocupar un lugar en el espacio y ser una sustancia material. Entonces, ¿Qué raro acontecimiento estaba experimentando su ser? No podía precisarlo. Lo cierto es que a la altura de estas reflexiones, su sombra había desaparecido por completo y sobre el cemento donde antes se extendía su figura, proyectada por el sol, una hilera de hormigas se empeñaba en transportar los últimos vestigios de una hoja que inventó su propio otoño. Y como en otras circunstancias que no dejaban de ser una broma del destino, se dedicó a silbar una canción aprendida en su infancia. Y entre nota y nota la noche fue despeinando su oscuridad que le hizo pensar que a partir de mañana sería más cómodo vivir sin sombra.

383
Shenny A. Madrigal Flores

ANTE LA IMPOSIBILIDAD DE POSEERLO
Le pedí que me permitiera sacarle una fotografía, le di a beber todo tipo de licores, con la plena intención de inflamarla. Por más que intenté explicarle la situación, ella insistió en retocarse con un poco de maquillaje, y puso color en las mejillas, parpados, labios. Tan vulgar…tan soez.
Procure ser paciente, después de todo la amaba, o amaba una parte de ella. No podía dejar de pensar en meter mi mano por su abdomen y tocarlo, sentir su humedad, su tamaño. Cuando terminó de dibujarse el rostro, salimos del bar, y comenzamos a caminar. Ella hablaba de posiciones, gestos, acercamientos. Y yo, yo me sentía abrumado, ella no entendía nada, y después de tanto alcohol no era sencillo explicarle, hubiera sido mejor caminar en silencio. (Las nubes grises se están apareando)
Como puedes hacer entender a alguien que todos en el fondo somos caníbales, el amor es poseer; Amoratado, Amordidas, Amoral ¿Hay alguna forma más pura de amar a alguien que transformarlo en ti? Creo todo viene de mamá, tu primer contacto con el mundo son sus entrañas, y luego la bebes, comes de ella. ¿No es la madre el símbolo más puro de amor?, la amas de la única forma en que puedes amar a una mujer. Porque a las mujeres se les ama distinto que a los hombres, se les ama desde adentro, se les ama hasta romperlas, cuando posees a una mujer es lo más cerca que vas a estar de sus entrañas. (Acaba de caer un rayo, creo que vi a Dios asomándose)
Para cuando llegamos a la sala de rayos X, ella estaba demasiado perturbada, no entendía que hacíamos ahí, -Les dije, ella nunca entendió nada-.Trate de convencerla que se acostara en la cama y le permitiera al joven técnico en Rayos X sacar una radiografía. Totalmente irascible salió del hospital, llevándose su hígado con ella, dejándome con las ganas. No se ha visto en una galería de arte un hígado en un frasco, es como querer enfrascar una nube, las nubes son bellas en el cielo, ahí es donde deben de ir, al igual que su hígado, debe de ir en el lado derecho de su cavidad abdominal. Ella nunca entendió que ante la imposibilidad de poseerlo, me conformaba con una fotografía, y me dejó ahí parado, junto al joven técnico en rayos X, viéndola salir con su hígado. (Ya empezó a llover)

384
Alejandro Veyssiere

BARROTES DE AGUA
Apoyó una rodilla sobre el suelo y luego la otra. Del charco brotaron gotas vivaces hacia los lados. La cabeza gacha, el sombrero empapado y arrugado no dejaban ver su gesto de tristeza, de resignación y desesperanza. Las columnas de lluvia lo separaban de ella, fabricaban una celda imaginaria, donde los barrotes eran suficientemente evanescentes como para tentarlo con el exterior de su cárcel, ese cuerpo ya ajeno, un castigo que él no hubiese elegido, porque prefería no saber de lo que no está a su alcance. Quiso morir, pero el desgraciado no tuvo elección: no era tan valiente como para suicidarse. Ella lo sabía, y por eso no dudó en dejarlo.
Con la mirada firme sobre él, lo miró derrumbarse en las aguas de la pena, del desamor, de la humillación, del abandono, de la soledad. Su vestido mojado se transparentaba. Los rizos se alisaron, las lágrimas se disimulaban entre los chaparrones, aunque él sabía de ellas.
Olía a tormenta desde hacía varias horas. Martín la esperaba en la estación de Lomas de Zamora, como siempre, para volver juntos. Ahí tenía media hora de espera hasta que los pies pequeños de ella se frenaban frente a él, y así sabía que era la hora de dejar de leer, cerrar el libro, mirarla de arriba a abajo y otra vez hacia arriba, cerrar los ojos y olerla, disfrutar de su sonrisa, su mirada tímida y la suavidad de sus manos en las mejillas. Ella solía pestañear lento y largo, y él adoraba ese gesto natural.
Esta vez fue distinto. Un trueno desconcentró a Martín de su lectura. Miró la hora y se preocupó porque Lucrecia estaba retrasada. En seguida la vio a lo lejos, acercándose lentamente. Desde ese instante supo que algo estaba mal. Sus pies se veían pesados. Ella caminaba tensa, con los hombros encogidos, una mueca informe en la cara. Las manos inquietas y una torpeza general inhabitual. Martín se paró y le ahorró esfuerzos: llegó hasta ella, con incertidumbre. El libro ya había muerto en el suelo, mojándose palabra a palabra. Con los rostros casi pegados y las manos de Martín envolviendo a Lucrecia, él no pudo preguntar qué pasaba, porque lo supo. Ella no pudo mirarlo a los ojos, bajó la vista y sollozó. La voz se le cortaba, pero fue clara: "Me voy". Y siguió lloviendo.

385
Santiago Solano Grande

CANCIÓN DE DESPEDIDA
Se eclipsa lentamente la esfera de mis datos. Las amapolas del río llegan con hechuras imposibles: es la caída violenta de la luna y el boj. Los teleinyectores y el aliento del cielo languidecen en el ojo de las IA,s. Y los niños de la nave inhumana no saben que Ella vivirá para siempre; y que está demasiado lejos, en la amargura devorada de los hombres.
Hay una hostería antigua sumergida en el pozo del ADeNista; y una secuencia de humo que apura la última hoja del olmo. Afuera cae el abismo de la quietud; y la realidad es una lluvia de diamantes y vibración, como mi sangre sobre la estrella. ¡Ah el afecto consumido, y el pan blanco y la leña; y ese brotar casi humano del horno de la vida!
Ahora la mentira no se puede comprar. Ahora el tiempo no tiene asidero. Es el final del viaje, la carta blanca en el labio hirsuto del vendaval, las sendas y las montañas navegando en la linde de la sombra. Y todo porque la verdad absoluta es que estoy solo, y soy viejo; e ilumino el mundo desde atrás, con la voz extinta de este cantar antiguo.

386
Santiago Solano Grande

LA APUESTA DE MARTÍN SILENUS
La hija del híbrido John Keats - Aenea, alias La Que Enseña, la bruja que el Santo Oficio quemó en los sótanos de Castel Sant' Angelo - nos regaló la capacidad genética de aprender el idioma de los muertos y los vivos, la viabilidad de oír la música de las esferas, y la posibilidad de dar el primer paso hacia el cambio y la pluralidad. Podía percibir el universo a través de la empatía, no en vano su yo fetal vio lo que iba a ser, quién iba a ser, incluso cómo moriría. Por eso, cuando se ponía trascendente y nos hablaba, los ojos se le teñían de tristeza.
- El amor es una entidad real - explicaba -, tan real como el electromagnetismo o la fuerza nuclear débil. Es también el elemento unificador de ese terreno común mental en el que se almacenan las experiencias de todos los que fueron, son y serán; más allá del espacio y del tiempo. El alma, esa indescriptible combinación de memoria y personalidad que somos en vida, muere también cuando muere la vida; y sólo se salva lo que dejamos en el recuerdo de aquellos que nos amaron. Perder esta identidad para siempre es la esencia de la condición humana.
Pero ella, con todo su poder, era sólo la víctima de un ciego destino, y su libertad se adelgazó tanto bajo el peso de La Responsabilidad que únicamente pudo optar a hacer aquello que la llevó a la muerte.

387
Angel Larena Tamaturgo

PERMISIVIDAD
Para Pelayo Paso nunca hubo conflicto generacional. Según él, su hijo no era complicado. Tal era debido a la permisividad, estrategia que adoptó en el momento en que Angelito empezó a exigirle lo mismo que sus amigos exigían a sus padres. Para reforzar su condición de permisivo, acabó de lavarse las manos del todo: delegó su educación en el colegio, en los profesores.
En esas, pues, si la exigencia del hijo representaba comprar, Pelayo Paso compraba: Walkman, tele, consola, ordenador, tarifa plana, móvil de última generación,... Si no, pues no compraba; aceptaba lo que éste le decía: «¡No me vuelvas a llamar Angelito!, ¡Volveré a casa cuando me dé la gana!,...»
La táctica de Pelayo Paso no sólo benefició a Ángel; también le favoreció a él. Gracias a ella (y al hecho de ser viudo) pudo hacer lo que se le antojó: pasarse todo el día en el bar, visionar toda la noche películas porno o, para variar, ver telebasura día y noche.
El problema vino cuando, su hijo, empezó a volver a casa solamente para pedirle dinero. Para ser más exactos, cuando Pelayo Paso, debido a que las cantidades eran cada vez más importantes, le dijo: «Hasta aquí hemos llegado. No pienso darte ni un euro más». A partir de ahí fue Ángel el que le empezó a dar a él. De palos, ¡claro!
Como se veía venir, la nueva situación acabó en tragedia con desenlace funesto. Eso sí, debido a la estrategia de Pelayo Paso, sin conflicto generacional. Lo prueba el hecho de que padre e hijo murieron por la misma causa: por sobredosis. Pelayo Paso, de estacazos con estaca de encina. Ángel, de heroína.

388
Raúl Teruel

LA AMARGA VICTORIA DE BENJAMÍN GREYFART
El viejo Greyfart era tan delgado y caminaba tan agachado que su ombligo se confundía con las almorranas. Aunque nadie recordaba ya cuándo comenzó a ser sheriff de TombTown, aún conservaba la habilidad de matar una mosca de un escupitajo a cincuenta pies.
Estaba cansado, y no solamente por la edad. Hacía mucho tiempo que había perdido el respeto del pueblo y, lo que era peor, de sí mismo. Por eso se dirigió al Saloon aquella tarde de verano, por eso pidió un vaso de whisky en lugar de su habitual zarzaparrilla y por eso se atrevió a rellenar la cuenca del ojo de Jack Flaggerty con un humeante y verdoso salivazo desde la otra esquina de la barra. Decidido a jubilarse por la vía rápida, salió a la calle principal ante el asombro de doscientas cincuenta almas, bajo el hermoso atardecer del desierto de Dakota. Jack siempre había sido rápido y mezquino como una comadreja y olía igual de mal, pero no podía encontrar a nadie mejor para que acabase con su aburrida vida que aquel tipo que tantas veces le había humillado y cuyas fechorías había tenido que soportar durante tantos años.
En la eternidad que se tarda en desenfundar un cuarenta y cinco, al sheriff le dio tiempo a pensar en muchas cosas. Pensó que a partir de aquel día todos los vecinos le recordarían como un héroe. Pensó en todas las mujeres que no había tenido. Incluso dudó si había vuelto a cargar su arma con judías en lugar de balas. No había marcha atrás. Con una profunda inspiración se resignó a dar lo mejor de sí, a morir con la dignidad que le habían arrebatado, a borrar la sonrisa de la cara de aquel sinvergüenza al que nunca había podido meter en la destartalada celda de su comisaría.
Después de enterrar a Jack Flaggerty algunos dijeron que el viejo sheriff Greyfart había tenido mucha suerte ya que su espalda encorvada le había salvado de un tiro en medio de los ojos. Otros dijeron que Jack estaba tan borracho que le había temblado el pulso al disparar. Lo cierto es que la próxima vez que se sintiera tentado a jubilarse, Benjamín Greyfart lo intentaría con alguien que no tuviera Parkinson. Porque Ben podía ser un viejo artrítico y cobarde, pero su madre no había parido a ningún idiota.

389
Raúl Teruel

VELOURIA
Así se llamaba por extraño que parezca. Hasta tres veces tuvo que repetirme su nombre aquella noche en la terraza del Bulevar. Era sorprendente y bella como un día de verano en Diciembre, como el arte del Ikebana, como una hirviente ráfaga polar. No se dejaba impresionar por los coches, los cargos o la ropa cara. Todo mi encanto fue inútil contra el fortín de sus labios oscuros. Velouria no se dejaba impresionar, pero a mí si me impresionaba contemplar por primera vez una erupción volcánica en el mar de sus ojos.
Su voz tenía el brillante tintinear de los duendes. Cada frase acababa con una graciosa entonación en forma de pregunta para mostrar levemente su blanca sonrisa. Recuerdo que decía vivir en un lugar lejano y que me llevaría allí algún día a través de la luna. La adoré incluso entre el perfume del alcohol.
A partir de entonces, como por accidente, nos encontrábamos con cierta frecuencia. La misma pasión esquiva, la misma sonrisa hechicera diciéndome "no". Me había acostumbrado tanto a verla en sitios dispares que con el tiempo parecía que podía notar su presencia y sabía que estaba allí aunque no la viera. Mi obsesión me llevaba a imaginar el cuarto creciente de su rostro mirándome desde cualquier rincón de las calles, tras los cristales de mi despacho en el gabinete, en el club... Una vez creí vislumbrarla por el espejo retrovisor de mi Volvo en plena carretera nacional, al tomar una curva.
Dejé de verla. Y su ausencia me produjo un gélido vacío en el pecho que nada ni nadie podía calentar. Mi trabajo se resentía. Mis clientes me daban de lado al no poder atenderles, recorriendo como estaba la gran ciudad buscando a Velouria. No comía, y lo que acertaba a tragar lo devolvía junto con las pastillas que me había recetado mi psiquiatra.
Cuentan que la estuve llamando a gritos durante toda la noche, entre estertores de fiebre y mantas en pleno mes de Agosto. El médico y los familiares que estuvieron en mi casa y alrededor de mi cama aquella noche también cuentan que levantaba los brazos hacia la ventana. Lo que no saben es que, al amanecer y entre las lágrimas de los que me acompañaban, encontré al fin el calor de la vida en los fríos y pálidos brazos de Velouria.

390
seudónimo: Ramón III

EL CORAZÓN DEL EQUIPO
¡Está en mis manos la victoria! La pelota viene directo a mí. Sólo tengo una oportunidad para pasarla a través de esa circunferencia maldita. Lo tengo que hacer de un golpe firme y sólido. El corazón del equipo; nuestro próximo destino depende de mí, ¡ahora!
Gucumatz falló y efectivamente el corazón de los miembros de su equipo alcanzó su aciago sino. El suyo parece latir todavía, fuera ya de su pecho, en la mano del que lo extiende al sol en honor a Tezcatlipocatl. El cielo está plagado de sonidos ancestrales que en vez de menguar, enaltecen los graznidos del Quetzal. Las Danzas del ritual agasajan al equipo ganador que ríe y se alimenta de manjares y dulces. Su aguerrido espíritu alberga ya el deseo de triunfos venideros, que bajo el efecto sedante del tabaco, se entremezcla con el desasosiego de muerte y honor causado por el siguiente Juego de Pelota.
al fin el calor de la vida en los fríos y pálidos brazos de Velouria.

391
seudónimo: Ramón III

LA NATURALEZA DE LOS NIÑOS
No sabe hablar, pero expresa su decisión a tomarlo con ese paso decidido que no detiene hasta casi estar encima de su objetivo. El otro sí espeta alguna que otra palabra y entre ese reducido vocabulario escoge y lanza un rotundo "mío" y lo empuja con su diminuta mano. Pedro cae al suelo sin entender la situación, para él en ese momento no ha existido una agresión, no encuentra significado alguno a la palabra "mío" y sólo sabe que el juguete que quería sigue en manos de aquella otra criatura parecida a él. Pedro se levanta con dificultad, sólo por falta de destreza, porque su ánimo estaba ya alzado y con el mismo júbilo que no tiene nada que ver con el empecinamiento sino con la ingenuidad, intenta nuevamente sujetarse a la palita verde. No tardó en estar en el suelo nuevamente, pero algo se habría de quedar en su mente; y no se trata de un recuerdo, porque cuando mamá le llevó esa cosa suave de muchos colores que meses después lograría llamar "pelota", toda la escena anterior se habría esfumado…
A pedro se le acerca una niñita trastabillando, tiene unos ojos azules que se confunden con el cielo. Va sonriendo infinitamente alegre hasta la pelota que Pedro empieza a esconder. Unos segundos después la niña caerá, unos meses después, del mutismo, Pedro pasará al "mío", unos años después su hermano también caerá por cogerle las zapatillas y no mucho después Pedro defenderá su trabajo, su casa, su coche, su, su, su.

392
Pedro Kelly de Iranzo
Valladolid

MUCHA SANGRE
- "A ver. Te leo la denuncia. Era un hombre joven, con barba."
- "Mucho pelo en cara."
- "Barba, o perilla y bigote... No le viste bien porque era de noche."
- "Pega mucho. Llorar mucho."
- "El vecino que te encontró en el descampado cuando sacaba al perro por la mañana te llevó a Urgencias. Aquí tengo el parte médico. Diecisiete puntos, una costilla rota, heridas superficiales por arma blanca o similar, hematomas en toda la superficie corporal, presencia de semen en vagina y ano... Vamos, vamos. Serénate. Toma, aquí tienes pañuelos de papel. ¿Quieres un café? Venga, a ver si terminamos esto de una vez. Cuanto antes terminemos antes podrás empezar a olvidar el asunto... Vamos a ver... No has podido reconocerle en ninguna foto. Y si no está fichado, no podremos identificarle por las huellas dactilares ni por sangre o semen. Como no recuerdes ningún detalle más, no podremos hacer nada."
- "Hay una cosa más, yo no decir todavía."
- "¿Qué cosa?"
- "Él SIDA."
- "¿Cómo que él SIDA? ¿Él tiene SIDA? ¿Cómo sabes que lo tiene? ¿Te lo dijo?
- "Yo SIDA. Mucha sangre. Mucha sangre. Yo SIDA. Él SIDA."

393
Martha Tena-Juárez
(Íscar- Valladolid)

ILUSIÓN
Un papel en blanco, como su vida, una vida sin pasado aparente, una vida que comienza a vivir ahora, una vida vacante, pero con algunos recuerdos fugaces y punzantes; unos recuerdos que vuelven de donde salieron; unos recuerdos antiguos, deliciosos, agradables y extenuantes. Como esa medalla, con esa virgen. La mujer se queda pensando donde había visto esa cruz. Su mano derecha escribe automáticamente, mientras que con el brazo receloso, esconde lo que un día fue.
Primeras palabras, pero no las últimas. No sabe como empezar hoy. Comienza la tarea nocturna, describir lo que la ha pasado hoy por la mañana.
" Hoy he conocido a un chico" La mujer tacha y repasa con el bolígrafo lo que ha escrito.
" Esa medalla...., esa virgen......, esos ojos. No sé, parece cómo si quisiera recordar donde la vi, pero mi torpeza, mi falta de memoria me obligan a engañarme, ..... me obligan a no recordar una cosa, que muchos años fue importante para mi.
No sé donde la vi, en que cuello, en que cuerpo, y si mis manos la acariciaron o simplemente fue fruto de mi imaginación y de mi falta de amor.
Todas las noches te tengo conmigo a mi lado, pero es raro, te extraño, te miro; solo hay un extraño que me da algo a lo que el llama amor.
Créeme, te echo de menos, sin ti el tiempo es solo eso, tiempo; tiempo que se esfuma, que se evapora con tal rapidez que no nos queda nada.
No hay ni siquiera un camino que me lleve hasta ti, el único camino que he encontrado no tiene regreso. Sí, quisiera regresar a esas ilusiones, sueños, promesas, palabras, .....palabras,.... palabras...., que no llevan a ninguna parte, o tal vez sí, no lo sé. Llevan hasta donde estoy, a una soledad marcada por una amistad ausente...."

394
Luis Rojas F.

A LAS 20:00 HORAS
Jorge, llamado cariñosamente " el roto " por sus amigos, estaba inusualmente alegre aquella mañana. Su franca y abierta sonrisa invitaba a compartir su siempre chispeante conversación matizada con sabrosas anécdotas campesinas, las cuales delataban su origen.
Extrañamente, sin embargo, en su locuaz verborrea dejaba espacios, de tanto en tanto, para preguntar acerca de las distintas maneras en que un ser humano, abrumado por situaciones insuperables, podía poner fin a sus días. Estaba, según nos decía, desarrollando un trabajo relacionado con las muertes de Romeo y Julieta. La cuestión era imaginar otras formas mediante las cuales los amantes de Verona pudieron haber puesto fin a sus vidas.
Entre todos los amigos que nos reuníamos para compartir nuestras experiencias de adolescentes en el barrio San Martín de mi natal Linares, nos abocamos a recordar las muertes emblemáticas de algunos de nuestros próceres, mártires de la fe cristiana, o simplemente héroes de novelas románticas; no faltaron ejemplos de ajusticiamientos o linchamientos por abigeato común en los " westerns ", con los cuales estábamos familiarizados como consumidores de la cultura estadounidense y la colonización del salvaje oeste a través de novelas y películas de la época.
En este último caso, quedaba meridianamente claro que era la horca el destino final de los cuatreros. Fue éste el método que más le llamó la atención.Por lo económico sostuvo.
Nos prometió que esa misma noche lo experimentaría. Desde el otro mundo nos haría saber su nueva existencia.
Los detalles de cómo lo haría causó gracia y preocupación a la vez. Fijó su plan para las 20:00 horas de aquella fría noche de junio .
La intranquilidad hizo presa de mi estado de ánimo durante todo el día. Hice partícipe de mis desasosiegos a mis padres y hermanos .Intentaron tranquilizarme argumentando que no era más que una broma de adolescente.
No obstante, convinimos con dos amigos en visitarlo a la hora indicada. Tras un portazo , sus padres nos exigieron que no lo molestásemos, pues se encontraba estudiando en su cuarto.
A las 20:00 horas, la quietud del barrio fue interrumpida por un alarido de mujer proveniente de su casa.

395
(fuera de concurso, no se ajusta a las bases)
Pseudónimo: Maryvet
Argentina

ANILLOS DE ORO
Abrí la puerta del negocio con cierta timidez. Detrás de mí entró él. Las empleadas nos miraron algo curiosas, no había nadie en el salón de ventas.
Caminamos hacia los escaparates poblados de cosas brillantes, que titilaban bajo las luces detrás del cristal.
Había varios relojes para hombre, otros delicados, para mujer. Largas cadenas, algunas medallas y cruces, broches con piedras y perlas. Más allá relojes despertadores de diversas formas y colores.
Pero nada de eso nos interesaba. Junto a una de las paredes, relucía un estante con anillos. Grandes, pequeños, con brillantes.
Cuando empezamos a mirar las tarjetitas con los precios, nuestras expectativas fueron cambiando.
_ ¿Quieren ver algo de ésto? - Preguntó atentamente una de las jovencitas.
Cruzamos una mirada de inteligencia y señalamos una pequeña caja azul.
_ Estas son muy buenas, ¿Con cintillo o sin él?.
Un movimiento de cabeza mío le dio a entender que el cintillo no.
Preguntamos la forma de pago, era conveniente.
_ ¿Lo envolvemos para regalo?_ Preguntó la chica.
_ No _ dijo él _ son para nosotros.
_ ¿Para ustedes?. ¡Oh, qué bien!. Pruébenlos entonces.
Él tomó mi mano y puso el delicado aro de oro en mi anular izquierdo. Quedaba perfecto. Hice lo mismo con el otro, pero hubo que buscar una medida mayor.
Volvimos a guardarlos en la caja, nos cobraron con la promesa de un grabado gratis, pero otro día, el grabador no estaba.
Salimos tomados del brazo, con una bolsita de papel blanco en la que había dibujado un corazón en tinta dorada, sintiendo a nuestras espaldas las miradas entre curiosas y asombradas de las empleadas. Claro, eramos algo así como una especie en extinción, digna de museo.
Seguramente quedaron algo impresionadas ante las incipientes canas de él, los anteojos, coquetos, por cierto de los dos, y mi bastón. "¡Qué bichos raros!", habrán pensado.
Cuando llegamos a casa, brindamos con una taza de té. Nos pusimos uno al otro el anillo, diciendo una frase que nos salió a dúo, "Para siempre".
Dos semanas más tarde salíamos del registro civil, rodeados de amigos, con nuestros respectivos hijos, y un nieto en camino. Nadie se imaginaba que casi en los sesenta años se puede volver a empezar y creer en el amor.

396
Pseudónimo: Maryvet
Argentina

LA SOMBRA EN EL ESPEJO
Todos los días nos encontrábamos, más o menos a la misma hora. Algunas veces cruzábamos alguna frase corta o una sonrisa. Algún fin de semana cuando había tiempo, cuando la prisa diaria lo permitía, manteníamos una breve charla, o simplemente estábamos en silencio, pero comprendiéndonos.
Era como una especie de ceremonia, dependía del estado de ánimo que hubiera, el tema de esa conversación.
Las últimas semanas antes de que sucediera aquello, el tema versaba invariablemente sobre los cambios en mi persona. Sí, era cierto, yo estaba cambiando. La dieta, los ejercicios, el nuevo look en el pelo y la ropa me convertían en otra persona, por fuera, claro.
Porque por dentro seguía igual. Las mismas tendencias a la melancolía, a tener esos accesos de alegría y de pronto caer en la más sutil de las desesperanzas.
Pero ella me comprendía, me alentaba, aunque a veces solía darme unas buenas reprimendas que me sacaban de mis estados de angustia.
Sus opiniones tenían, a veces, mejor efecto que las charlas con mi terapeuta. Me hacía sentir bien, y renovar mis expectativas de un tiempo mejor, pese a mis dificultades.
Todo fue bastante bien, hasta que aquello, lo inevitable, sucedió. Esa odiosa mañana de la mudanza, en que las manos torpes de un operario, dejaran caer por las escaleras, el habitat de mi mejor amiga, el enorme espejo de dos cuerpos de mi tocador en el cual cada mañana encontraba con quien compartir todo lo que no me animaba a decirle a nadie, solamente a mi propia imagen de la que ahora me quedaba nada más que la sombra de unos cristales rotos.

397
David Fortea Echeverría

TRANSPARENTE
"Me llamo Anatol, Anatol Visinsky, hijo de Eva y de Tadeusz. De mi madre recuerdo el olor a hierba, sus manos templadas en invierno y que siempre susurraba que yo era un ser transparente. Creo que por eso crecí tímido y retraído, alguien de cristal expuesto a la vista de las personas normales que eran felices en Laumberta.
Mi nombre es Anatol, Anatol Visinsky. Nací inocente y muero asesino. De mi padre recuerdo sus puños y el olor del vodka que trasegaba tras la cena mientras yo limpiaba las pieles y su escopeta de caza. Él bebía sin cesar y nos insultaba sin razón alguna; bebía y después me obligaba a hacerlo a mí, para divertirse. Si yo vomitaba, me golpeaba y me obligaba a beber de nuevo. Mi madre, arrugada como un trapo, aguardaba su turno en un rincón.
El día que mi vida cambió para siempre fue el mismo en que tuve que marcharme y dejar atrás, en nuestra casa al lado del pantano, a mi madre, rodeada de sangre y nieve. Aún recuerdo sus palabras: "corre, mi niño transparente, corre". Y me largué. Después me contaron que ella aguardó cuatro días hasta que lo descubrieron todo, días y noches durante los que golpeó el cadáver de mi padre sin remordimiento ni lágrima alguna, mientras yo volaba, llevando la escopeta de caza entre mis manos.
En la vida una cosa lleva a la otra, así que pronto abandoné el vodka y me decanté por el whisky y la ginebra. Después vendrían la colonia y el alcohol que robaba en las farmacias. Me he bebido el mundo, he bebido de todo y en cualquier parte, he matado y vivido por beber. Con las personas sucede lo mismo. A mi padre le siguieron otros hombres, seres a los que descoyunté la existencia por un puñado de monedas que beber y mujeres a las que destrocé hasta no sentir nada.
Me llamo Anatol Visinsky, mañana moriré, y no tengo miedo. Dejo un cuaderno repleto de odio que tal vez alguien lea. Si es así, se sabrá que hubo un día un niño transparente que corrió por los senderos de la vieja Laumberta, hasta alejarse del todo, hasta desaparecer".
El sacerdote guardó la carta y apretó el cuaderno de tapas marrones contra su pecho. Echó un último vistazo y se marchó. Un guardián deslizaba la fregona sobre el suelo de la celda, al fin vacía.

398
Malu M. Barnuevo
Madrid

UNA VIEJA FOTO
El agente Wilks desayunaba un donut sentado al fondo de la barra. Vio entrar al chico. Tenía unos diez años, la cara sucia y los cordones de los zapatos desatados. Sobre la mejilla derecha tres pecas subrayaban la línea de su ojo. Lo vio sentarse sobre el gastado skay verde del taburete. Wilks se levantó.
- Mike, que tome lo que quiera. Esto lo pago yo.
Sintió la mirada del chico mientras salía por la puerta. Wilks se llevó la mano al bolsillo y de su cartera sacó una vieja foto. Un golpe entre dolor y nostalgia le cruzó el pecho. En ella, una mujer de sonrisa amplia jugaba en el agua. Sobre la mejilla derecha tres pecas subrayaban la línea de su ojo.

399
Pedro Kelly de Iranzo
Valladolid

SIN TITULO
La piedra se le clavaba en los huesos. Enseguida se dio cuenta de que tendría que sentarse al cabo de un rato, le sería imposible mantener esta postura todo el día. Bueno, eso sí podía permitírselo, ¿no?
Aun en su situación le quedaba un poco de orgullo. Orgullo... ¿Y ahora? - "La mano." Ah, sí, claro, la mano...
No, todavía no. Aún podía echarse atrás. El orgullo...
¡Es tan duro! ¿Es que no hay otra manera? Siempre, el orgullo... - "Venga, tienes que hacerlo... Cuanto antes, mejor."
No se atrevía a alzar la vista. Un fugaz destello de cuero negro, unas bonitas piernas bajo una minifalda... ¡ni siquiera le verían! O incluso peor: ¿y si le veían? ¡Alguien podría reconocerle! ¡Y lo sabrían!
Lentamente, levantó el brazo, nunca los ojos. "¡No mires hacia arriba, que no te vean!"
Abrió la mano.
No ocurrió nada.
El tiempo pasó despacio.
¿Y ahora qué? Se le estaba entumeciendo el brazo...
Algo le cayó en la mano. ("Venga, mira de una vez!")
Veinte céntimos. Podría haber sido menos. Una lágrima resbaló por su mejilla.

 


 
dieter roth
 
 

MICRORRELATOS 2005

 
 
 

0 .- del 1 al 49

 
 

0ª.- del 50 al 99

 
 

1 .- del 100 al 149

 
 

1ª.- del 150 al 199

 
 

2 .- del 200 al 249

 
 

2ª.- del 250 al 299

 
 

3 .- del 300 al 349

 
 

3ª.- del 350 al 399

 
 

4 .- del 400 al 449

 
 

4ª.- del 450 al 499

 
 

5 .- del 500 al 549

 
 

5ª.- del 550 al 599

 
 

6 .- del 600 al 649

 
 

6ª.- a partir del 650

 

 

 

 

 

 

 

 

 

0 .- del 1 al 49

 
 

0ª.- del 50 al 99

 
 

1 .- del 100 al 149

 
 

1ª.- del 150 al 199

 
 

2 .- del 200 al 249

 
 

2ª.- del 250 al 299

 
 

3 .- del 300 al 349

 
 

3ª.- del 350 al 399

 
 

4 .- del 400 al 449

 
 

4ª.- del 450 al 499

 
 

5 .- del 500 al 549

 
 

5ª.- del 550 al 599

 
 

6 .- del 600 al 649

 
 

6ª.- a partir del 650